Discurso íntegro de D. Alfonso Garrido Montoro

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Buenas tardes a todos. Queridos Paqui, Fernan, hermanos de Fernando (Joaquín, Rosa Mari y Eduardo), familiares, amigos y conocidos que aquí nos acompañáis hoy.

Como director, quiero daros las gracias a todos y cada uno por vuestra predisposición a participar en este acto. Acto que nunca debería de haber existido, porque lo natural es que Fernando siguiera aquí con nosotros. Pero la vida es así de injusta y caprichosa, llevándose antes de tiempo a quienes queremos a nuestro lado.

Me vais a perdonar si mis palabras suenan poco solemnes, pero no quiero que esta reunión sea un mero acto cargado de formalismos.

Para mí, Fernando más que un compañero era un amigo, …un amigo al que sigo sintiendo a mi lado.

Porque, desde que te marchaste, al mismo tiempo que me dejaste un gran vacío, siento que me acompañas, que estás conmigo cuando voy y vengo a Montoro, cuando hago los horarios, cuando preparo las evaluaciones…. y hasta discuto contigo. Has sido un referente para mí, quizás el hermano mayor que nunca he tenido, en quien he confiado ciegamente y he delegado muchas de las tareas a realizar.

Estoy seguro que la tristeza que siento por tu pérdida es compartida por muchos de los que te conocieron. Y ellos, al igual que yo, te seguimos viendo llegar con chuches y refrescos al despacho, tomando nota con lápiz y papel en los rellanos o chupando la pila del ratón para que haga contacto tras varios golpes en la mesa. Pero, sobre todo, te vemos sentado en tu mesa de dirección trabajando, porque has sido un trabajador inagotable, metódico, organizado y previsor. Y no solo en el despacho, también en casa y en el aula cuando impartías clase con tu dispensador de rotuladores de mil colores.

Eso lo saben bien tus hermanos, con los que desde muy pequeño has montado y desmontado tantas mesas y sillas en las ferias y otros eventos, sorprendiendo a quienes os veían por vuestra capacidad de trabajo.

Pero tú, además, has destacado por tu capacidad de control, algo connatural en ti. Pues no solo lo aplicabas a nuestro centro, también al concurso de traslados o al concursillo o a casi la totalidad de los habitantes del pueblo. Nos conoces a todos, sabes quien ha entregado determinado documento y quien no, con tus centenares de listas de comprobación. También, qué puntos tenían los que estaban por delante de ti, el parentesco entre tal y cual vecino del pueblo o encontrando alguna relación entre las nuevas incorporaciones al centro y alguien al que conocías de otro sitio.

Y ese control nace de tu necesidad de prevenir el futuro, sobre todo por tu familia, por tu Fernan. Te puedes sentir satisfecho amigo, lo has dejado todo atado y bien atado.

A mí me has dejado infinidad de recuerdos imborrables. La mayoría jocosos, como cuando llegaste sin peinar porque no había agua en Las Jaras y al pasar por El Carpio se te olvidó, lo pesados que nos poníamos con la nevera para enfriar la tarjeta de crédito, cuando nos decías que te ibas de compras con tu Paqui, o las anécdotas vividas en los viajes a Granada con los alumnos de primero de bachillerato.

Otros, solo nos los tomamos a risa con el tiempo, pues te resultó un poco traumático comprobar que Olga Carabaño tenía más puntos que tú en el concurso de traslados y te podía quitar la tan ansiada plaza definitiva en nuestro centro, y encima Paqui no te entendía, porque para ella no ibas a tener siempre tanta suerte.

También nos has dejado recuerdos de tu entrega, esa entrega que te impedía achantarte ante cualquier reto, ante cualquier problema, al que dabas vueltas y vueltas en la cabeza, y que cuando te arrancabas a exponerlo no había quien te callara. Cuando Miguel y yo te recogíamos por la mañana en el coche debíamos tenerlo todo hablado antes de que subieras, pues después no había manera de pararte. Y si te interrumpíamos, saltabas con tu típica expresión “¡Pero déjame que hable coño!”

Esa capacidad de lucha también la trasmitías. Eras quien más me animaba a seguir con la dirección, en la que me acompañarías hasta que me jubilase, porque, aunque eras mayor que yo, tú no podías hacerlo hasta los sesenta y tantos. Así que había Fernando para rato.

Y este iba a ser nuestro año, después del proceso de selección, de la intervención de la inspección, de la pandemia con la enseñanza telemática y del curso de las mascarillas con el protocolo covid en todo su apogeo.

Han sido muchas las horas compartidas, no solo trabajando, también hablando de nuestras familias. Tanto tiempo juntos, que, hasta nuestras mujeres, Paqui e Irene, se ponían celosas.

Y es que a ti siempre te ha gustado tener a los amigos cerca y compartir tu especial refugio de Las Jaras, hacer senderismo y saborear la vida en la mesa. Era un gustazo verte comer o, simplemente, tomarte una Radler. Eso sí, cuando te manchabas, siempre decías: “¡verás cuando mi Paqui lo vea!”.

Después de estas palabras, se ve obvio que creo en Dios y que pienso sinceramente que el alma de Fernando nos espera, nos acompaña y que intercede por nosotros. Algún día volveremos a vernos amigo.

Y para seguir teniéndote presente entre nosotros en tu querido centro, hemos creado un espacio natural y vivo en tu nombre, el cual visitaremos al finalizar este acto. También se dedicará un espacio virtual en la Web del centro, donde se podrá encontrar parte de este acto. Y, por último, desde el área científico-tecnológica, cada curso académico se realizarán unas jornadas con algún concurso cuyo premio llevará tú nombre.

Solo me queda despedirme de una manera más formal y volveros a dar las gracias por vuestra asistencia. A Ana María Romero, alcaldesa de Montoro, a Antonio Javier Casado y Lola Amo, concejales del ayuntamiento, a Inmaculada Gil, nuestra inspectora de referencia, a Amelia Camacho, nuestra enfermera escolar, al equipo directivo del IES Antonio Galán Acosta, a sus compañeros y amigos, a representantes de los padres y madres del centro, a su última promoción de alumnos, a la familia de Fernando, y especialmente a ti, Paqui, por tu fortaleza, porque con ella mantienes en pie a tu familia.

 Muchas gracias a todos.

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